DE UN TIEMPO, DE UN PAÍS
A próposito de la Negra Luna y los siete bobos del paraíso de Álvaro Perea Chacón
Cuando
Álvaro Perea Chacón me contactó y me pidió que leyera su novela La Negra Luna y los siete bobos del paraíso
(LNL-1), me sentí halagado; estaba en trámite de publicarla y sentí que era un
honor que me hacía. Cuando me manda los dos tomos y las 560 páginas, se empezó
a torcer la cosa. En estos tiempos, quien escribe una novela sobre un grupo de
amigos, un barrio y se gasta semejante cantidad o tiene mucho que decir o
divaga demasiado, pensé. Leí como 300 páginas y tiré la toalla. Fui directo: le
dije que «la novela mejoraría si le cortara 200 páginas y esas listas
interminables que tiene». Le estaba diciendo dos cosas: que le faltó un
editor que le diera látigo y lo pusiera en cintura (cosa que admitió con un «me
engolosiné escribiendo y tomo mal cuando me quieren controlar lo que escribo»)
y que dejara, como autor, de meterse en el relato para mostrar lo brillante que
es, cosa que quienes lo tratamos sabemos bien, pero que importa poco al lector.
Ahí quedó todo.
Pero
hace unos días recordé que hay otra novela que fue publicada un poco antes y
transcurre en el mismo barrio: si en LNL el barrio Paraíso es un retrato (y no
hay que ser perspicaz para darse cuenta por dónde quiere ir el autor) del
barrio bogotano Pablo VI y de un tiempo, en El
francotirador el fotógrafo y realizador audiovisual David Troncoso (igual
que Álvaro) nos cuenta una historia de un personaje de ese barrio en un tiempo
similar. Me pareció curiosa la coincidencia y decidí darle otra mirada al
texto. Esta vez lo terminé.
Comencemos
por decir que sigo pensando lo mismo. Doscientas páginas menos y sin tantas
demostraciones de la sabiduría del autor estaríamos ante un texto inolvidable.
Ahí terminan las comparaciones y dejando a un lado los defectos señalados,
estamos ante un texto notable. No lo vi la primera vez. La desmesura del texto
opaca sus méritos Lo cierras y te queda la sensación de que la historia cuenta
el final de la serie Los años
maravillosos a la bogotana.
No tomen a mal lo que digo. En
las novelas de Gilmer Mesa ocurre algo similar: Álvaro y Gilmer son torrentes
que quieren explicarlo todo y no dejar nada suelto, y caen en ripios por
momentos. Pero esa literatura convierte (Aranjuez en Gilmer, Pablo VI en
Álvaro) al barrio en un mundo. Tienen sus héroes, sus traidores, sus
criminales, sus personajes, sus leyendas, sus guerras y hasta una versión
particular de la historia local y universal, que suele comenzar en la calle, al
frente de la casa, en el boliche o en la cancha de fútbol, y terminar en la
tienda de la esquina. En LNL los muchachos aprenden a jugar, a pelear, a
enamorarse, a humillar al prójimo y, con suerte, a descubrir que la vida no es
exactamente el asunto que les habían prometido. Lo demás —la literatura, el
dinero, el sexo, la fama, la muerte— llega después, aunque no en ese orden.
La novela es larga, coral y
desmesurada. Perea quiere contar la vida de una generación, pero también la
historia de un barrio, las transformaciones de Bogotá, la educación sentimental
de unos muchachos y las pequeñas miserias con que los adultos se fabrican una
explicación de sí mismos. Quiere, además, hablar de literatura, cine, música,
fútbol, política, filosofía y del deporte nacional, que es encontrar culpables
para lo que sale mal. Hablar m***da, porque son pocos los que pueden llegar a
mover el país. La mayoría nos conformamos y hacemos lo mejor que podemos con lo que
tenemos.
El Paraíso, inspirado en el
mundo del barrio Pablo VI, no es un decorado. Leo en internet que fue
construido de forma acelerada para albergar a los peregrinos que vendrían a la
visita de Pablo VI a Latinoamérica en 1968 (si fuera Álvaro el que escribiera,
diría: «el Pablo VI», aunque en El Espectador le decían Paulo VI). De la nota
que leí me llamó la atención este recuerdo:
«Yo llegué muy pequeña a Paulo
VI; mis padres, junto a otras familias, fueron los fundadores de este conjunto.
Lo que más me encantaba era montar en bicicleta porque no había carros en el
parqueadero y estos se convertían en pistas o ciclovías. Éramos muchos niños y
ya en la adolescencia bailábamos en los garajes» (2).
El barrio como punto de reunión.
Ahí recordé que ese es un tema recurrente en la literatura: John Jairo Junieles
retrata su Getsemaní (Cartagena) en Barrio
Bomba y El hombre que hablaba de
Marlon Brando; Gilmer Mesa, su Aranjuez (Medellín), en su obra. Un poco
antes, Umberto Valverde en Bomba Camará
trajo las vivencias del barrio Obrero de Cali. La lista es larga. Álvaro, pues,
en El Paraíso reconstruye un barrio, un tiempo y un país que se urbanizaba
aceleradamente. Con sus características tan bogotanas (y ese fue un prejuicio
en mi primera lectura), es un retrato del país que cambiaba no precisamente
para bien. Un país lleno de machismo, donde la envidia es el sentimiento
nacional, donde la violencia y las pequeñas tiranías campean. El muchacho que
casca al compañero será el jefe tirano y abusivo, hasta que alguno lo ponga en
su lugar.
La historia se mueve entre la
infancia y la adolescencia de los protagonistas, los años setenta y ochenta, y
el presente desde el cual los narradores reconstruyen lo ocurrido. En ese
recorrido se cuelan episodios que marcaron al país: la toma del Palacio de
Justicia, la tragedia de Armero, las bombas, el fútbol, la música y la cultura
popular que acompañaron a una generación. Y una presencia ominosa que aún
sigue: el narcotráfico. Ya volveremos a esto último. En el centro del relato
están los hermanos Alejandro y Manuel, uña y mugre, yin y yang. Alejandro es
imaginativo, impulsivo y sentimental: «Parecía una alegoría a la
melancolía», y tiene vocación de escritor y la convicción de que el
mundo le debe algo, «como una especie de misionero drogadicto».
Manuel es más pragmático: observa, calcula, se adapta y suele desconfiar de las
explicaciones. Si Alejandro ve señales de un destino, Manuel ve la cuenta de
cobro, porque, como dice, «sé muy bien lo jodido que es» todo.
La novela abre con Alejandro
enfrentado a un creador mexicano al que acusa de haberle robado sus historias.
La escena es una puerta de entrada al personaje: su imaginación es genuina,
pero también su resentimiento. Alejandro suena patetico: parece convencido de
que el mundo le ha birlado una gloria que ya le pertenecía por derecho natural.
Hay algo cómico en esa pretensión y algo triste en la persona que termina
organizando su vida alrededor de ella. El escritor que no consigue convertirse
en escritor célebre acaba ligado al cuidado de un cementerio, guardián de lo
muerto: la gente, los sueños, las historias sin final. Alejandro es un desastre
como modelo de conducta (claro que Manuel tampoco) y, sin embargo, resulta
indispensable como compañía.
La Negra Luna, la hija de doña
Luz —«que no creía en la educación ni en el progreso y se había encargado
de inocular en sus hijas desde niñas la tesis de que más vale un bandido o un
burro con plata que un genio, un santo o un adonis vaciado»— es
otro centro de gravedad del relato. A los 14 años, «poseía una piel
antiséptica de un blanco tan limpio que podía pasar días enteros sudando y
trasnochando sin que la más mínima partícula de suciedad la opacara. El pelo
—del cual derivaría su alias— era liso y negro como de india o bruja, pues, así
como no hay brujas gordas, tampoco las hay rubias».
Los jóvenes la desean, la
juzgan, la interpretan y la convierten en tema de conversación. La Negra es
independiente, sensual, contradictoria y capaz de tomar decisiones que
desconciertan al grupo.
A su alrededor se despliega una
pequeña galería de sobrevivientes y derrotados, los llamados Siete bobos.
Destaco a Julio Sietevidas, que «se llenaba de pepas que lo convertían en
una especie de ciego furioso con un garrote y se venía desde el teatro Adriana
o desde la cancha de fútbol ajusticiando a golpes al que encontrara en su
camino». Parece haber nacido para demostrar que no le teme a
nadie; termina convertido en el matón del barrio, con 37 puñaladas a cuestas.
Ese retrato del barrio permite
situar a Perea en una tradición de narrativa urbana colombiana. Ya señalamos
algunos, pero hay otros. Por ejemplo, en Sin
remedio, de Antonio Caballero, Ignacio Escobar y Alejandro comparten la
vocación artística, el desencanto, la ironía y esa capacidad de convertir el
fracaso propio en un diagnóstico sobre la sociedad. Ambos observan con agudeza
a los demás y no siempre aplican la misma lucidez a sus propias vidas.
También hay parentescos con
Alfredo Iriarte, por el gusto de la anécdota, la digresión culta y la sátira;
con Luis Miguel Rivas, por la desconfianza ante las solemnidades y la capacidad
de encontrar lo ridículo en las conductas ordinarias. La atención a la clase
media bogotana y a las jerarquías sociales permite recordar a Luis Fayad, y el
libro puede verse como una imagen especular de Opio en las nubes, con ciertas referencias a los trabajos de Rafael
Chaparro Madiedo. Con todo y sus diferencias, el barrio y la violencia como
escuela invitan a pensar en Gilmer Mesa. Con David Betancourt hay una afinidad
más general en el interés por la vida cotidiana y sus deformaciones cómicas que
una semejanza formal por afirmar. Estas comparaciones no convierten la novela
en un catálogo de influencias. Sirven, más bien, para entender la conversación
en la que participa.
Un aspecto que me parece muy
inteligente en el relato es el retrato de cómo el narcotráfico permea la
sociedad. En estos tiempos, nuestra sociedad ha construido la idea de que los
culpables son los consumidores de drogas del primer mundo («Gringos
periqueros», dijo una vez Gustavo Álvarez Gardeazábal con su habitual mala
leche, y lo aplaudimos), sin pensar en lo que nos hemos beneficiado. Eso se
observa en las páginas donde el autor narra cómo este se introduce en la
sociedad: Alejandro participa en el suministro de «juguetes» y ácidos en
colegios y entre amigos. Manuel conecta a los proveedores con los compradores y
cobra comisiones. La Negra maneja una línea de distribución de Juancho
Sietevidas en discotecas. No hay faros morales: el dinero y la droga están
bien, son estar a la moda. Alguno participa, otro se queda, otro lo abandona,
pero, como me dijo un amigo en mi Barranquilla natal: «Todos nos bebimos
nuestros whiskies en la reinauguración del Hotel del Prado y sabíamos de dónde
venía el dinero». Álvaro trae con acierto la permisividad moral de esos
tiempos que en el diario vivir de hoy pretendemos ignorar que existió. En eso la novela va
de peleas adolescentes a la violencia estructural de estos días, de la
humillación privada a la tragedia, compartiendo la facilidad con que el más
fuerte se convence de que tiene derecho a imponerse.
El Paraíso, al fin y al cabo, no
era un paraíso. Era solo un barrio, con sus afectos y sus mezquindades, sus
héroes de esquina, sus personajes pintorescos, sus pequeños verdugos. Un lugar
donde se construye un texto que es memoria emocional pero tambien una
radiografía de la historia, de un tiempo, de un país. Lo extraordinario es que
alguien haya decidido contarlo todo: incluso las partes que preferiría dejar
fuera. Hay que abonarle eso al autor.
NOTAS
(1) Todas las citas del libro están tomadas de Perea Chacón, Álvaro. La negra luna y los siete bobos del paraíso. Vol. 1-2, Nueve Editores, 2025 y se encuentran resaltadas en cursiva
(2) Fuente: https://www.radionacional.co/cultura/conoce-la-historia-del-barrio-paulo-vi-en-bogota

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