AMORES QUE NO CABEN EN EL PUEBLO
A propósito de Me dijeron que amara con la boca llena de barro y sal
(Virginia Petro de León, Espasa, 2026; ilustraciones de Yeraldina Márquez)
Este breve libro con cinco cuentos comienza con una frase que te deja pensando: La nota sobre la autora dice que «...es su primer libro de cuentos (aunque se le colaran algunos poemas)». Porque eso es lo que hay: una tanda de poemas al final de cada relato de este libro de Virginia Petro de León, quien se dio a conocer gracias a su poemario Después del amor, nosotras. Son historias que ocurren en el Caribe sabanero, en un lugar con nombre de hombre, Mateo Gómez, y la apuesta es clara: contar amores que no caben en un molde heterosexual, violento, cerrado socialmente, católico y ganadero, sin sacarlos del pueblo que los vio nacer. Hay dos hombres que se enamoran en una gallera, una hija que planea durante décadas huir de su madre, dos vecinas cuya amistad se vuelve otra cosa, un triángulo fatal junto al río y una mujer ciega de un ojo que limpia una iglesia y se enamora de otra mujer. Es un libro generoso, oral y, a la vez, desigual.
Y digo
que me dejan pensando los poemas, que no llevan título ni voz asignada y
funcionan como una especie de polifonía coral que prolonga o contradice el
cuento anterior. Aciertan cuando se pegan a lo doméstico: el que sigue a la
historia de Mercedes y Dolores arranca como receta (el arroz, la plancha, las
manchas) y se va volviendo advertencia contra el hombre que golpea; es de lo
mejor del libro. Otro, tras el cuarto cuento, anticipa el incendio de la
iglesia que ocurrirá en el último. También son el lugar donde la autora dice en
voz alta lo que los cuentos solo insinúan: la guerra, el racismo, la
gentrificación de una ciudad amurallada que se intuye Cartagena. El problema es
la irregularidad. Algunos parecen estar fuera de lugar: junto a imágenes muy logradas
hay textos declarativos que explican la emoción en vez de encarnarla y, al no
saber quién habla, algunos quedan flotando. Como si la autora se hubiera
engolosinado escribiendo. Pero no quiero sonar despectivo: para ser un primer
libro de cuentos, hay una declarada intención de ser original, y la autora
construye un buen libro, pese a todo, con muchas fortalezas.
Son
historias de pueblos, de personajes divergentes: un par de hombres que se
enamoran y montan una gallera, dos mujeres que se aman en la casa cural y crían
una hija con la complicidad muda de un sacerdote, y una amistad de infancia en
la que Dolores parece vivir una transición, apenas sugerida en frases sueltas y
en un regreso con otro nombre. Petro desmiente que lo queer sea algo foráneo o
urbano: aquí nace entre gallos, ríos y rosarios. No es la primera en tratar
este asunto: John Better y Guillermo Henríquez lo abordaron desde sus ópticas,
pero la suya es original. Hay algo de idealización, eso sí: la aceptación llega
rápido y no resulta convincente, y la experiencia lésbica solo la conocemos a
través de una de las mujeres.
Todo
esto se describe en un universo profundamente machista y violento que se
muestra como herencia que se transmite, no como un villano aislado, y que
recorre todos los relatos. El padre corrige a golpes al hijo que juzga
afeminado porque a él lo criaron igual; el hijo esconde «su afeminamiento»; y
en la gallera los hombres solo lloran a escondidas. Pero también lo reproducen
las mujeres: la patrona que acusa de seductora a la criada violada, la madre de
Julia que no le cree, la propia Julia que le devuelve su dolor a su hija. Esa
mirada está acompañada de una carga de violencia en todos los relatos: la
violación de una niña de catorce años que trabaja como empleada doméstica y la
duda colectiva que la condena después; los hombres armados que anuncian a una
mujer la muerte de su marido (se intuye el paramilitarismo); la golpiza que
deja a una mujer ciega de un ojo; un feminicidio; el fuego contra una capilla
para «limpiar el alma» de dos mujeres. En fin, nada nuevo.
Son
relatos donde el paisaje está presente. El río no es decorado: inunda calles,
se lleva cuerpos y sirve de metáfora del deseo. Aparecen Mateo Gómez, Lorica,
Montería, Cereté, Chinú y Ayapel, las galleras de San Pelayo, la Feria de la
Ganadería, el fandango, el calentillo del velorio y la hora en que se callan
los gallos y llegan los mosquitos. Los diálogos suenan a gente real («ombe»,
«nombe», «nojoda», «pelaíto») y el humor de pueblo, de
chisme y de telenovela en las horas muertas de la tarde da algo de luz a
historias sombrías. El epígrafe de Raúl Gómez Jattin inscribe el libro en una
tradición lírica y queer de la región.
No
puedo dejar de lado algunos errores de continuidad que son, tal vez, el lunar
del libro: en el segundo cuento, los abuelos mueren cuando la protagonista
tiene treinta y cinco años, pero en la página siguiente la presenta a los
veintiuno, bajo el yugo de su madre; en el quinto, la protagonista se enamora
«a los treinta años», aunque se comprometió a los veintiséis, pasó cinco de
matrimonio y luego un tiempo en la iglesia; su madre aparece sin presentación;
y una frase repite dos veces que creció con la cabeza llena de voces.
Es un
libro más valioso por lo que se atreve a nombrar que por su pulido formal.
Tiene voz, territorio y una ternura; le falta una edición más rigurosa, algo
más de espacio para sus historias y un criterio más severo con los poemas. Aun
así, ofrece algo escaso: lo queer, lo caribeño y lo rural en el mismo plano,
sin pedir permiso.
Virginia
Petro de León nació en Mateo Gómez, Córdoba, y es autora del poemario Después del amor, nosotras.
Según su editorial, en el último año ha recorrido Colombia encontrándose con
sus lectoras, en su mayoría mujeres, diversas y negras, y sus poemas giran en
torno al abuso, la vulnerabilidad, el racismo y, sobre todo, el amor. Un perfil
de prensa la describe además como escritora y tiktoker, y recoge su idea de que
el amor es político y de que eso se nota en su escritura. Me dijeron que amara con la boca llena de
barro y sal es su primer libro de cuentos.

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